La ciudad de Toro, famosa entre tantas cosas por sus vinos tintos, espesos y oscuros, es una ciudad cargada de historia y arte: toda ella evoca el esplendor de su pasado.

Sus orígenes se pierden en la antigüedad. Se la como la “Alboceda” de los vacceos conquistada por el cartaginés Aníbal; se indica que su nombre denuncia su estirpe visigoda (Campi Gothorum = Camp, Otoro = Toro). Más probable parece, sin embargo, que su nombre se deba al totémico cerraco celtibérico que allí se encuentra.

Después de la invasión musulmana fue repoblada en el siglo X por Alfonso III, quien hizo este encargo a su hijo D. García. Sus sucesores procuraron engrandecerla dada su capital situación para la defensa de la línea del Duero. Será no obstante a partir del S. XIII cuando alcanzará su plena dimensión histórica, por la cantidad de hechos relevantes que allí van a acontecer. Durante toda la baja Edad Media la ciudad de Toro polarizará en gran parte la historia de Castilla y León. Allí se defendieron en Beltraneja y fue testigo mudo de la célebre batalla de Peleagonzalo que consolidó la unidad de España.

Las murallas y el castillo de Toro

A la época de la repoblación corresponde la muralla primitiva, construida por mudéjares, de la que aún subsisten trozos de sus paredones. El castillo, levantado al suroeste de la ciudad, es un recinto rectangular reforzado por cubos en los extremos y el centro de sus muros, sin que su interior ofrezca hoy interés.

La expansión sufrida por la ciudad en los siglos XII y XIII con la llegada de nuevos pobladores obligó a la construcción de una nueva muralla, de tapial con torres cuadradas, de la que se conservan las puertas de la Corredera y Santa Catalina, aunque reconstruidas en los siglos XVII y XVIII.

El arco del Postigo, de la muralla primitiva, sostiene hoy la capilla de Nuestra Señora de la Antigua; la torre del Reloj, de Mercado. De los siglos XII y XIII es el famoso puente románico, con sus 22 arcos apuntados.

La Colegiata de Toro

La Colegiata de Santa María la Mayor es el principal monumento toresano y forma junto con las catedrales de Zamora y Salamanca un grupo dentro de los templos románicos de transición conocido con el nombre de “Los Cimborrios del Duero“.

Iniciada su construcción hacia 1160 no se concluirá sin embargo hasta 1260, apreciándose una evolución de estilo a medida que la construcción avanzaba, marcando la transición de formas del románico al gótico. La armonía del conjunto resulta de sorprendente belleza. Su planta es basilical de tres naves y crucero inscrito rematado por un cimborrio de estilo francés, de dos cuerpos, flanqueado por cuatro torrecillas cilíndricas. La cabecera se cierra por tres ábsides semicirculares en los que alternan diferentes tipos de decoraciones.

Portada de la Majestad

Lo más destacado de la Colegiata  es su puerta oeste o Portada de la Majestad, por cierto, recién restaurada en la segunda década del siglo XX.

Esta maravilla de piedra conforma un conjunto espléndido de esas culturas de gran interés artístico. Ángeles, profetas, apóstoles y santos aparecen en profusión, enmarcando el conjunto una orla con otra serie de figuras. en el tímpano aparece la representación de Cristo Juez y en el parteluz la virgen con el niño.

El interior alberga destacadas muestras del arte, como el retablo mayor de Simón Gavilán y Tomé, el retablo de la Virgen de los Remedios, varios sepulcros, numerosas esculturas y pinturas y una amplia gama de obras de platería. Dignos de mención especial se encuentran: el conjunto funerario de los Fonseca, formado por varios sepulcros adosados a las paredes laterales del presbiterio; el cuadro de la Virgen de la Mosca, obra realizada en torno a 1520; el sagrario de marfil y carey, espléndida pieza del siglo XVII rematada por un calvario de marfil de considerables dimensiones.